ÚLTIMA HORA: Ucrania acaba de lanzar uno de los mayores ataques con drones de la guerra, golpeando profundamente la capital rusa e incendiando una importante refinería de petróleo de Moscú. Mientras las autoridades se apresuran a evacuar a 400 residentes e informan de la muerte de dos personas, el Kremlin se enfrenta a una profunda crisis interna.
El momento elegido no es casualidad; es una clase magistral de guerra psicológica. La oleada sin precedentes de drones eludió los sistemas de defensa aérea escalonados para impactar en la refinería Gazpromneft-MNPZ, en Kapotnya, durante la última jornada de votación de las elecciones a la Duma Estatal rusa. El alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, afirmó de inmediato que el ataque buscaba perturbar la votación.
Sin embargo, el verdadero objetivo no eran las urnas, sino la ilusión de control absoluto meticulosamente construida por el Kremlin. Durante más de dos años, el pacto tácito entre el gobierno ruso y sus ciudadanos ha sido que la guerra en Ucrania se mantendría como una operación lejana y contenida. Esa promesa se ha esfumado literalmente.
Al atacar una instalación que, según se informa, abastece el 40 % del mercado de combustible de Moscú, Ucrania hizo algo más que infligir daños económicos: convirtió la escenografía política del Kremlin en una demostración pública de vulnerabilidad estratégica. Es imposible proyectar una invulnerabilidad interna total cuando los residentes ven arder una instalación petrolera vital desde las ventanas de sus apartamentos.
El impacto financiero es igualmente crucial. Las fuerzas ucranianas están degradando sistemáticamente el motor económico de la maquinaria bélica rusa. Dejar fuera de servicio una refinería importante provoca escasez de combustible y un aumento de los precios internos, además de obligar al ejército a desviar sistemas críticos de defensa aérea desde el frente para proteger la capital.
Existe otra forma de interpretar esto: los críticos podrían argumentar que el ataque es un error de cálculo estratégico que da al Kremlin una excusa para movilizar a sus bases. Los medios estatales rusos ya están utilizando las víctimas y los daños en zonas residenciales para presentar la guerra en curso no como una ofensiva elegida, sino como una defensa existencial de la patria frente a la injerencia extranjera.
Pero restar importancia al ataque calificándolo de mero golpe de efecto político impide ver el cambio estructural más profundo en la relación de fuerzas. La fachada de seguridad total en Moscú se ha fracturado irremediablemente.
A medida que cierran los colegios electorales y se anuncian los inevitables resultados, abrumadoramente favorables al Kremlin, el equilibrio de poder real presenta un aspecto muy distinto al que sugieren las urnas. La incógnita ahora es si la opinión pública rusa sigue creyendo en la narrativa oficial de estabilidad o si, finalmente, al ver la refinería en llamas, se da cuenta de que la guerra ha llegado oficialmente a casa.